¿MERECE LA PENA? SIGUIENDO TU INSTINTO POR UN B-52
“¿Merece la pena?”
Creo que esa ha sido la pregunta que más me ha rondado por la cabeza durante mis últimos años como fotógrafo. Allá por marzo de 2023, tras monitorizar un nuevo Bomber Task Force de bombarderos B-52 en Sevilla, la respuesta no estaba tan clara como pensaba.

Desde el momento que vi que los B-52 estarían de nuevo desplegados durante un tiempo en la Base Aérea de Morón (Sevilla) yo sabía que iba a bajar a Sevilla a verlos.
Ese fue mi primer pensamiento: “tienes que ir”
Durante los primeros días, estudiaba (o lo intentaba) los movimientos de los BUFF para intentar obtener patrones Sin éxito, evidentemente. Era perfectamente consciente de lo que había: bombarderos estratégicos americanos. La fórmula perfecta para la máxima volatilidad e imposibilidad de trazarlos 100%. Horarios dispares, información a cuentagotas, posibilidad de no volar, de cancelar, de alargar vuelos, desviarlos…
Nada demasiado distinto a lo que llevo acostumbrado durante estos 16 años (en el momento de escritura de este post) de fotografía aeronáutica que tengo en mis espaldas.
Y aun así… No podía despegarme de FR24 y demás radares, Twitter, grupos de Whatsapp… Pendiente de los B-52.
Tenía que bajar a Sevilla, debía hacerlo. Pero asumiendo numerosos riesgos:
- Que no volasen
- Despegue / aterrizaje sin luz / ambas
- Equivocarse con la pista
El plan estaba claro, su éxito… Estaba por ver. Sabía que la improvisación iba a ser constante, por lo que una vez asumido, tocaba actuar.
15 de Marzo, primer intento. Tocaba ida/vuelta en el día por motivos laborales. 4h30 de trayecto después, estábamos en la base de Morón.
Sin información de vuelos alguna, tocaba hacer guardia. Coche colocado haciendo sombra, suministros, radio encendida, y a esperar. Esperar, esperar y esperar

Tras muchas muchas horas de espera y algún susto por tráficos no identificados por radio y ruidos extraños (al final te vuelves paranoico y escuchas lo que quieres escuchar), nos volvimos de vacío a Madrid. Los B-52 no volaron ese día.
Es un riesgo asumido. No deja de ser duro, pero “it is what it is”
De nada sirve la emoción, el madrugón salvaje, los buenos deseos y los mensajes optimistas. La realidad llega y te pega un buen golpe.
Por cosas de la vida, véase ser un tremendo cabezón y tener la necesidad de quitarse la espinita, al día siguiente estaba reservando hotel para la noche del domingo 19, el 20 de marzo era festivo en Madrid e iba a, no, debía, intentarlo de nuevo.
A estas alturas de la película, comienzas a pelear con los fantasmas (lógicos) de uno mismo:
“¿Merece la pena? ¿Y si vuelves de vacío otra vez? ¿Cómo asumirías eso?”
Por eso me forcé a reservar el hotel. Hay veces que hay que dejar al corazón actuar y pensar en caliente.
Llega el día 19. Domingo por la mañana.
Con el cuerpo ya con el cortisol por las nubes por todos los videos y fotos de los B-52 esos días, afronto de nuevo el camino a Sevilla. Quería llegar pronto, ya que el fin de semana anterior los aviones volaron, pero en ese momento, 0 previsión o información.
Llego a Arahal 14:30, hago el check-in, y meto el bañador en la mochila. En vista de que no volaban ni tenían previsión, quería poner rumbo a Rota a bañarme en la playa. Qué menos que aprovechar el viaje.
Hasta que… Por cuestiones de la vida, de camino a Utrera a comer algo, veo la base a lo lejos, y puedo apreciar varios aviones.
Y me saltó el instinto como si alarma de Iphone en plena resaca fuese. “VETE A LA BASE.”
Así que media vuelta, y a hacer guardia. Para mas inri, el instinto estaba llamándome de todo al ver que uno de los B-52 estaba arrancando y con las beacon encendidas.
Intentaba mantener mente fría, pero era imposible. “Será este el momento? Por fin?”
Spoiler: no. Se trataba de una prueba de motores. Otro golpe más. Sabíamos a lo que veníamos. Así que pusimos rumbo a SVQ y aprovechamos la luz de atardecer para llevarnos algo provechoso de ese día. Digo “sabíamos” porque tuve la fortuna de encontrarme con un amigo en Morón, que además, pernoctaba en mi mismo “hotel”. Ya sabéis, mal de muchos.
Sábado, día 20.
Despierto a las 4am, en un hostal de carretera. Ruidos de todo tipo alrededor, y 0 rumores de vuelos de B-52 para ese día. Dolor de cabeza. Uno de esos momentos de realidad en los que hablas contigo mismo y te planteas todo lo que ocurre.

“¿De verdad te has pegado esa kilometrada, otra vez, y estás durmiendo en un sitio cochambroso por un avión que viste en 2021 y que ni siquiera sabes si lo vas a ver? ¿De verdad merece la pena?”
Hay veces que dudas, mucho. Ese fue uno de esos momentos.
Por algún motivo, conseguí conciliar el sueño, para despertarme a las 05:50 y enterarme de que los B-52 (2x) tenían previsto despegar a las 06:05 y llegar a las 22:35. Locales.
Recuerdo quedarme mirando al móvil, con un tremendo dolor de cabeza, sin saber qué hacer. Lo siguiente que hice fue decírselo a mi amigo, en la habitación contigua, sin anestesia.
Pero quería seguir con el plan. Ibuprofeno al cuerpo en cafetería de carretera con unas tostadas con tomate y café. Algo caliente, bastante mejor que la media de mis desayunos de escapadas.
Llegamos a la base de Morón a hacer guardia. Al menos 1 B-52 había salido ya que lo había visto desde la habitación en plena noche. Pero, ¿y el otro? No será capaz, ¿no?
Vaya que si. Llegamos al lugar, y escuchamos lo que parecen ser 8 TF-33 arrancando y al ralentí. No quería creérmelo. Demasiadas decepciones.
Hasta que escuchamos a esos motores aplicar potencia de despegue… Y comencé a creérmelo más.
Y ahí estaba la tan deseada respuesta a mi pregunta original… “¿Merece la pena?”
Después de mucho mucho tiempo, y aun habiendo visto este avión en 2021 (y 3 distintos, despegando y aterrizando), volvió en mi una sensación completamente adictiva: los nervios.
Nervios puros. Como niño pequeño abriendo los regalos de Navidad. Solo recuerdo mi corazón a reventar y mi respiración acelerada. Sabía que quedaban segundos para ver aparecer al B-52.
Esa ansiada espera es más potente que la mas estimulante de las drogas. Una sensación de impaciencia y de emoción indescriptibles, de “que llegue ya el momento” pero a la vez de “ojalá no acabe esto nunca”. Mezclado con los típicos miedos de clavar la foto, y más con el escenario existente: “cámara? tarjeta? enfoque? tembleque que me impida sacar algo nítido?”. La cabeza brifineando todo a la velocidad del sonido, y ajustando parámetros hasta el último momento, ya que apenas había luz.
Al fin, veo aparecer el B-52 a través de los árboles, y el resto lo podéis imaginar… Extremadamente tenso por sacar la foto que tengo en la cabeza, pero con momentos de apartar la cámara para vivir el momento.
Ahí estaba. Ese era el momento. Del 0, al 1. Estaba pasando.
Detengo la grabación del móvil, veo al avión alejarse, y no puedo evitar volverme hacia mi amigo, chocarle la mano y pegar un grito con el que salió todo lo que tenía dentro, la frustración de un viaje fallido, los kilómetros, las horas de sueño, el dinero invertido. Todo. Mucho.

Apareció algo que llevaba mucho tiempo echando de menos: la adrenalina pura, la emoción, el riesgo.
La gasolina que hace que cometas todas las locuras que os he contado aqui, y muchas otras que me he dejado en el tintero.
El instinto tenía razón, una vez más
No me pegué dos viajes por una foto. Decidí seguir a mi instinto y perseguir esa adrenalina y motivación que, llevando tanto en la fotografía aeronáutica, es tremendamente difícil encontrar y mantener.
¿Sabéis lo peor? Si hubiese sido fácil, no lo hubiese disfrutado tantísimo. Ese riesgo, frustración, y empeño no hace más que confirmarte a ti mismo qué es lo que te mueve en esta vida, incluso cuando fallas. Es la respuesta que buscas, y encontrarla sólo es posible echándole cabeza, corazón y valor.
Debía ir a Morón. No era opcional. Incluso sabiendo que esta misión fue un éxito únicamente gracias a la inmensa suerte de que el segundo B-52 retrasó. Podría estar hablando de otro viaje fallido, con mucha probabilidad.
Pero muy posiblemente hubiese habido un tercer intento.
“¿Merece la pena?” Sí. Apostar por lo que te llena, perseguir lo que te mueve, siempre merecerá la pena. No puedes engañar a tu instinto, habla por ti, por tu verdadero interior. Escucharlo merece la pena.